Hay en Cruchaga la angustia de la que nos habla Kierkegaard trasmutado en el Vigilante de Copenhague. Hay también algo de la Náusea de Jean-Paul en el poeta salvadoreño y de esa guía, que permite al dasein encontrar una vía para el ser sí mismo, de la que nos habla Heidegger. Cruchaga es un poeta existencial. Un ser condenado a viajar constantemente del presente al pasado, intentando mediante la memoria y la observación descifrar las causas de ese abominable futuro que intuye. Una criatura que sabe le fue negado el paraíso y que, excluido del mismo, ha sido forzado a un viaje interminable. De -Hautefeuille al Montparnasse- que es como decir, del pasado al presente, del barrio que lo vio nacer a la fría lápida como última morada que significa el futuro. Ahí mismo, mausoleo donde yace olvidado bajo la sombra de su padre, el frío y ya putrefacto cadáver de Baudelaire.
Melvyn Aguilar/Desde el Zoo
San Salvador /El Salvador
7 /1/ 2024