La sumisión no es una renuncia, sino una entrega. No es debilidad, sino el más puro acto de confianza. Para algunos, es una perversión; para otros, un destino inevitable.
Manu nunca se consideró un hombre sumiso y jamás pensó que el miedo pudiera excitarlo. Como fotógrafo, siempre había sido él quien dirigía la escena, quien capturaba la belleza a través de su lente, quien marcaba el ritmo de cada sesión. Estaba acostumbrado a observar, a capturar emociones desde la distancia, protegido tras su lente. Pero el día en que, después de una sesión de fotos, repartieron entre los presentes, a modo de souvenir, algunos juguetes eróticos destinados a la sumisión masculina, sintió algo distinto.
No fue solo la novedad. Fue un temblor en el estómago, un roce entre el pánico y la fascinación.