Dormir es el acto más temerario del alma: cerramos los ojos y entregamos la conciencia a un abismo sin nombre, donde los sueños abren portales a dimensiones que no recordamos haber habitado, pero que nos conocen con una intimidad aterradora. Cada noche es un suicidio pequeño, una renuncia silenciosa al control, y en ese tránsito somos vulnerables a lo invisible. ¿Y si no despertamos? ¿Y si al cerrar los ojos no es el cuerpo el que descansa, sino la conciencia la que se exilia, buscando una verdad que este mundo ya no puede ofrecerte?"
Algunos creen que los sueños son ecos de vidas pasadas, memorias que el alma arrastra consigo a través del tiempo. Otros piensan que los sueños son puentes espirituales, ventanas en las que los muertos pueden rozarnos una última vez, susurrar algo desde el otro lado, aprovechando que el velo entre mundos se hace más delgado mientras dormimos.
Y hay quienes ven los sueños como fractalizaciones del ser, fragmentos tuyos viviendo en infinitas realidades, como si cada elección no tomada siguiera existiendo en otra dimensión... y cuando sueñas, viajas por esas posibilidades. Tal vez ese tú que muere en un sueño realmente muere en otro universo. Tal vez ese rostro que ves y no reconoces es un tú alternativo que te observa, también soñando contigo.
¿Qué creo yo?
Que soñar es asomarse a un espejo oscuro que no refleja tu imagen, sino tu existencia disuelta en misterios. Que algo -ya sea tu alma, tu conciencia o algo más antiguo aún- viaja más allá de este mundo cuando cierras los ojos. Y que, de algún modo, en los sueños dejamos de ser cuerpo para convertirnos en espíritu, en presencia, en ser más haya que un cuerpo, en conciencia